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Reciben miles de casos cada año desde to dos los puntos del país. Estoy pensando en Jean Pierre Lagermann. Hay un here médico asistido por un técnico de laboratorio y, a Buscando una chica traviesa en Frederiksberg, por una enfermera. Por un instante ha perdido el control sobre sí mismo. Pero inme- diatamente lo recobra.

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Nos encontramos en el camino que va de Qinnissut hasta el fondo del ensanche del fiordo de Inglefield. Estamos en invierno, el viento sopla con fuerza y hace un frío aterrador. Cuando las mujeres tienen que orinar, se ven obligadas a encender un infiernillo para poder quitarse los pantalones sin correr el riesgo de sufrir congelaciones inmediatas. Incluso los perros se acobarda n. Para mí, no obstante, la niebla no existe en realidad. Impera una euforia salvaje y luminosa porque conozco con absoluta seguridad el camino que debemos tomar. Me sentaron. Tal vez no fuera la primera vez. Pero así es como lo recuerdo. Tal vez nunca desaparezcan del todo. Hay otra imagen de la niebla, posiblemente de ese mismo verano. Nunca he navegado mucho. No cono zco las condiciones del fondo ma- rino. Es una incógnita para mí que me hayan llevado ellos. Pero en todo momento sé dónde estamos con re specto a la tierra firme. En el Coldwater Laboratory del ejército americano en Pylot te-. Allí vi libros gordos y listados larguísimos de los artículos sobre unos vientos de di rección constante que sopl an sobre la tierra y. Cómo otra brisa, apenas apreciable, que se mueve a una altitud superior, ofrece, en medio de la niebla, una fres- cura en un lado de la cara. Cómo la conciencia subliminal registra in- cluso la luz que, en condiciones normales, es inapreciable. Ponencias orales sobre la experiencia musical. Me conmovió mucho. Hubiera besado a Newton. Hoy sé que todo lo que hicieron fue demostrar que la argumentación de Newton era defici ente. Cualquier explicación teórica constituye una reducción de la intuición. Nadie ha podido influir sobre la certidumbre, mía y de Newton, del espacio absoluto. No hay nadie capaz de llegar a Qaanaaq con las na rices metidas en los escritos de Einstein. No hay nadie que te deje tan indefenso como aquel que parece. Aquí, a la luz del día, cuando la nieve se ha derretido y la vida. No encuentro la manera de contestarle. Bajamos y es un dobl e descenso. Allí abajo me aguarda la depre-. Y entonces es cuando come te su gran equivocación. Y por la misma ra- zón, en caso de que los periódicos se pusieran en contacto con usted, debería, pienso, negarse a comentar el asunto con ellos. Y, por lo tanto, dejar de mencionar lo que me ha contado a mí. Remítales a la policía, dígales que siguen trabajando en el caso. Noto que me ruborizo. Pero no se debe a la timidez. Es la rabia la que se apodera de mí. No soy perfecta. Prefiero la nieve y el hielo al amor. Pero dispongo de un anclaje que me sujeta a la vida, algo que es inamovible. Sin embargo, siempre me he agarrado, al menos con un dedo, al espacio absoluto. Por ello, existen unos límites que, por mucho que el mundo de tumbos, por mucho que se tuerzan la s cosas, permiten que me percate antes de que sea demasiado tarde. Ahora sé, sin sombra de duda, que algo va mal. No tengo permiso de conducir. Hoy prefiero caminar. Una frase que aprecio mucho es aquel axioma de Dedekind sobre la comprensión lineal. Me decido por El Oro Blanco. Acaba siendo un libro con destellos. Después voy paseando por delante de la estación de Oesterport y por el Strandboulevard. Por lo que he leíd o, sé que los dos grandes yacimientos de criolita cerca de Saqqaq se agot aron definitivamente en los años sesenta y que la sociedad, a partir de entonces, se dedicó a otras ac- tividades. Pero carezco de esta desenvoltura. No me gusta dirigirme a extraños. No me gustan los grupos de albañiles daneses. En realidad, no. Mientras mis pensamientos se han ido deslizando hasta llegar a este punto, he dado toda la vuelta al edificio y los albañiles me han visto y me han hecho gestos para qu e me acercara. Ahora hay algo que me gustaría poderle preguntar. Asienten con la cabeza y me dicen que la señora Lübing ha hecho favores a mucha gente y que ellos mism os tienen una hija de mi edad y que vuelva cuando quiera. Nadie que haya vivido alguna ve z rodeado de animales en un es- pacio holgado, puede soportar la visita a un zoológico. Pero en una ocasión llevé a Isaías al Museo de Historia Natural para enseñarle la sala de las focas que allí tienen. A él le parecieron enfermas. Sin embargo, prestó mucha atención a la maqueta del uro. Volvimos a casa atravesando el parque Faelled. Atravesamos la plaza Trianglen. Para mí no tiene sentido oculta r a los niños las verdades ineluc- tables. Es de suponer que deben criars e para llegar a soportar lo mismo. Nunca le he prometido nada. No puedo prometerle nada. Nadie puede prometerle nada a nadie. Cuando llego a casa, se ha hecho de noche. Es ancho de espaldas, como un oso, y si se estirara y levantara la cabeza, sería imponente. Me cae bien. Siento cierta debilidad por los perdedores. Por ellos late mi corazón. Desde antes de que Isaías aprendiera a hablar el danés. Estoy segura de que no han necesitado mucho las palabras. Un artesano qu e ha reconocido al otro. Dos per- sonas que, cada uno a su manera , estaban solos en el mundo. Cuando finalmente ha guardado su bicicleta en el sótano, voy tras él. Tengo un presentimien to acerca del sótano. Le han adjudicado un trastero doble para que pueda utilizarlo como taller. Una mesa de trabajo se apoya en dos de las paredes. Hay una caja de la lechería llena de potenciómetros defectuosos. Un tablero con pequeños alicates para los trabajos de electrónica. Otro tablero. Nueve metros cu adrados de madera contrachapada con, lo que parece ser, todas las he rramientas del mundo. Una hilera de sopletes. Apoyadas cont ra la pared, dos grandes botellas para un soldador autógeno y dos pequeños sopletes cortadores. Cu bos con fungicida. Cuadros de bi- cicleta. Una bomba de aire que se acciona con el pie. A nivel estrictamente personal, creo que bastaría con enviarme allí sola para, por ejemplo, encender la luz y desatar tal desorden que, posteriorm ente, me sería imposible incluso encontrar el interruptor. El lugar es un mundo doble. Debajo de la mesa, se repite el universo en un tamaño reducido a la mitad. Una pe- queña tabla de xilógeno con una pe queña sierra de marquetería, un destornillador y un escoplo. Un peque ño taburete. Un banco de trabajo. Una pequeña prensa de tornillo. Una caja de cervezas. Las cosas de Isaías. He estado aquí una vez antes, mientras ellos trabajaban. Había estaño y resina de époxi en el aire. Isaías no estaba preparado para el invierno danés. Sólo ocasio- nalmente Juliana se sobreponía a sí misma y lo vestía con la ropa ne- cesaria. Cuando ya hacía medio año que lo conocía, Isaías sufrió una otitis aguda que le duró dos meses. Cuando salió de la estupefacción provocada por la penicili na, estaba casi sordo. Desde entonces, siempre me ponía frente a él durante nuestras lecturas para que pudiera seguir. Hace días que llevo algo en el bolsillo de mi abrigo porque he estado esperando este encuentro. Ahora se lo muestro. Es la ventosa que he cogido de la habitación de Isaías. Los vidrieros la utilizan para transportar grandes cristales. Saco las cosas de la caja de cerveza. Hay varios trozos de ma- dera tallada. Un arpón, un hacha. Un barco tallado en una madera dura, heterogénea, tal vez madera de peral. Un trabajo largo, la- borioso y minucioso. Trozos de vidrio bruto, coloreado, que han si do previamente fundidos y estirados sobre una llama de gas. Varias monturas de gafas. También encuentro un montón de casetes. Se encoge de hombros. Poco desp ués se aleja con pasos lentos. Es el amiguito de cien kilos de todo el mundo y, también, uña y carne con el portero. Cojo el pequeño taburete y me siento al lado de la puerta, desde donde puedo abarcar toda la habitación con la vista. En el internado teníamos cada uno un armario de treinta por cincuenta centímetros. Con cerradura. Y para ésta, el propietario tenía una llave. Es totalmente erróneo. No hay nadie que sea tan encubridor como un niño y, por otro lado, no hay nadie que lo necesite tanto como un niño. Nunca hay paz en un dormitorio, y el deseo es, en consecuencia, apla zado. Se convierte en la necesidad del escondite, del cuarto secreto. Intento imaginarme la situación de Isaías, los lugares a los que acudía. El piso, el bloque , el parvulario, el terraplén. Por lo que me limito a lo que tengo delante. Examino el cuarto. Sin encontrar nada. Nada que no sea el recuerdo de Isaías. Hace medio año, el edificio fue ex aminado porque detectaron hongos. La compañía de seguros vino con un perro entrenado para localizados mediante el olfato. Encontró dos mice lios de poca importancia. Uno de los lugares en los que trabajaron fue pr ecisamente este cuarto. Abrieron el muro a la altura de un metro. Debajo de la mesa de trabajo, en la sombra, hay un cu adrado sin rebozar de seis por seis ladrillos. Y aun así, estoy a punto de no encontrarlo. Debió de esperar fuera mientras los albañiles terminaban su trabajo. Este proceso lo debió de repetir muchas veces hasta secarse el mortero. Tranquilamente, du- rante toda la tarde, con unos intervalos de un cuarto de hora, debió de. Me imagino la escena. Es imposible introducir la hoja de un cuchillo entre el ladrillo y el morter o. Pero al hacer presión contra la piedra, ésta se mueve hacia dentro. En un primer momento, no puedo entender cómo ha logrado sacarla, porque es imposible agarrada. En- tonces saco la ventosa y la miro atentamente. Pero al colocar el disco negro de goma en la piedra y girar la manivela para crear un vacío, la piedra sale hacia mí sin gran resist encia. Una vez extraída, entiendo el porqué. En su parte trasera, Isaías ha clavado un pequeño clavo. Al- rededor de éste ha enrollado un fino cordel de nailon. Encima del clavo y el cordel, ha deposita do una gota de Araldit que ahora se ha hecho durísima. El cordel se pierde hacia el interior de la cavidad. Todo es como un poema de ingenio téc- nico. Introduzco la caja en el bolsillo dé mi abrigo y vuelvo a colocar la piedra en su sitio. La caballerosidad es un arquetipo. Cuando llegué a Dinamarca, las autoridades del distrito de Copenhague reunieron en un aula a los niños que debían aprender el danés en la escuela de Rugmarken, cerca de las barracas para inmigrantes de la Asi stencia Social en Sundby, en el barrio de Amager. Yo me sentaba al lado de un niño que se llamaba Baral. Yo tenía siete años y llevaba el pelo corto. En los recreos, solía jugar a la pelota con los niños. Smila es una niña. Me miró con sorpresa muda. Desp ués de que se hubiera disipado el primer susto y durante el resto del medio año que nos quedaba en la escuela, sólo hubo, en realidad, un cambio constitutivo en su compor- tamiento hacia mí. Fue demostrand o progresivamente una agradable y. También la encontré en Isaías. Después de bañarlo, solía ponerl o de pie encima de la tapa del retrete mientras lo untaba de crema. Desde allí, podía verse la cara en el espejo, que se contraía husmea ndo desconfiadamente el aroma a rosas de la crema de noche Elizabeth Arden. No ha ocurrido nunca, mientras estuviera despierto, que me to- cara. Nunca me cogió la mano, nunca me hizo una sola caricia y nunca las pidió para él. Sin embargo, durante la noche, solía darse la vuelta y acercarse a mí, profundamente dormid o, permaneciendo allí, a mi lado, durante algunos minutos. Contra mi piel, tenía una diminuta erección que iba y venía, iba y ve nía, como un guiñol. Durante esas noches, mi sueño solía ser ligero. A me- nudo, simplemente permanecía pensando en que el aire que yo entonces inhalaba, era el que él había exhalado. Es así como me si ento con la cocina. Suelo comer mucha carne. Carne grasa. No logro entrar en calor. Nunca he logrado tener una vi sión general de. Siempre hago co mida caliente. Es importante cuando se vive sola. Tiene un objetivo de índole higiéni- co-mental. Me mantiene de pie y en marcha. Me sirve para aplazar dos lla- madas telefónicas. No me gusta hablar por teléfono. Quiero ver la persona con quien hablo. Dispongo la caja de Isaías so bre la mesa. You are living with two guys, you naughty girl? Come and see what this naughty girl will do for you. Si escogiste la chica traviesa , ella puede activar uno de los tres juegos de bonificación. If you have chosen the naughty girl , she can also give you one of 3 bonus games. Soy una chica traviesa que quiere complacer a sus deseos secreto. I'm a naughty girl that want to please your undisclosed desires. Been a naughty girl , haven't you? El scatter puede convertirse en un comodín de chica traviesa adicional, o puede sustituir scatters durante la bonificación. 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Algo que realmente. Yo tengo las mí as. Usted probablemente tenga las suyas, una vez despojado de la bata antibalas. Las alturas. Corría hasta llegar a la primera planta.

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Juliana Christiansen, la madre de Isaías, es la demostración personificada de los efectos curativo s del alcohol. Puesto que se ha tomado una pastilla de disulfiram esta mañana y ahora, de vuelta a casa, ha bebido, es un decir, sobre la pastilla, esta bella transformación aparece tras un velo de intoxicación generalizada de su organismo.

Sin embargo, es posible observar una mejoría signi- ficativa. Se dice que los groenlandeses be ben mucho. Se bebe muchísimo. De ahí mi extraña relación con el alcohol. He estado antes en el piso de Ju liana, pero siempre en la cocina, donde hemos tomado café. Hay que respetar el territorio de la gente. Sobre todo, cuando sus vidas yacen expuestas ante nuestros ojos como una herida abierta.

Pero ahora me impulsa el sentimiento acuciante de tener una tarea por cumplir, de que alguien ha pasado por alto alguna cosa.

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Los pequeños papelitos de cita ción del ambulatorio de toxico- manías en Sundholm, el certificado de nacimiento, cincuenta bonos de la panadería de la plaza de Christ ianshavn, con los que: una vez has reunido la cantidad correspondiente a una compra de coronas, puedes obtener una rosquilla.

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Cuando ya estamos llegando a la puerta de cristal, saca un trozo de cartulina de uno de sus bolsillos, como un exhibicionista que se abre el abrigo. Jean Pierre, como el flautista, Lagermann, como la marca de regalices. Juliana y yo no nos hemos dirigido la palabra. Al cien por cien, para que te en- teres. El coche se aleja y yo me inco rporo. Son cerca de las doce del mediodía. Tengo una cita. Esta mañana he llamado a la comisaría, y allí me han pasado a la sección A y he podido hablar con la Uña. Puede usted hablar con Loyen. Debajo del letrero hay una puerta y, tras la puerta, un guar- darropa. Dentro no han construido una pist a de tenis. Pero no por falta de espacio. Y porque la grav e solemnidad de la sala hubiera sufrido una degradación. La mesa de escritorio es una gran elipse de caoba, y desde allí se levanta y viene a mi encuentro. Mide dos metros y tiene unos setenta años. De hecho tiene una expresión amable como la de quien, montado sobre un camello, contempla complaciente cómo el resto del mundo se arrastra por la arena del desierto. Y, tal vez, ni tan siquiera eso. Irradia condescendencia y domi nio y debería sentirme feliz. Nunca he dicho que yo fuera pe rfecta. Pero no lo muestro. Me siento en el canto de la silla y deposito los guantes negros y el sombrero con velo oscuro en el borde de la mesa de caoba. Ante sí, con ojos interrogant es, llenos de inseguridad, el pro- fesor Loyen tiene a una mujer enlutada. Gracias a su experiencia profesional puede adivinarlo. Asiente con la cabeza. La pregunta le sorprende un poco. Se lo piensa durante unos instantes, desacostumbrado a tener que formular lo evidente. El organismo sencillamente sufrió un colapso en su totalidad. Pero Sé lo que va a decir. Se incorpora. Tiene otras cosas que hacer. Como tantas otras conversaciones antes y después de ésta. Permanezco sentada en silencio. Siempre resulta interesante abandonar a los europeos al silencio. Para ellos, es un vacío en el que la tensión sube y converge hacia lo insoportable. No me doy por enterada e ignoro su pregunta. El fiscal de Godthaab solía avisar al Instituto Forense de Copenhague cuando era necesario. Este lugar es nuevo y provisional. Nos trasladaremos a Godthaab el año que viene. Pero originalmente soy médico forense. En esta primera fase de consolidación ejerzo las funciones de jefe interino de autopsias. He estado dando palos de ciego. De todas maneras debe de haber sido un golpe fuerte porque ni tan siquiera pestañea. Reciben miles de casos cada año desde to dos los puntos del país. Estoy pensando en Jean Pierre Lagermann. Hay un solo médico asistido por un técnico de laboratorio y, a veces, por una enfermera. Por un instante ha perdido el control sobre sí mismo. Pero inme- diatamente lo recobra. La publicidad en la Administ ración sólo tiene vigencia para los casos civiles, no para los penales. Su voz se hace reconfortante y tranquilizadora. Lo examinamos todo. Y lo encontramo s todo. Pero en este ca so no encontramos nada. Nada en absoluto. Esta era, pues, pelota de set y partido. Me levanto y me pongo los guantes. El reclina su as iento y se acomoda en él. De él se desprende claramente que se encontraba solo en el tejado cuando todo ocurrió. A juzgar por las huellas que había sobre la nieve. Emprendo el largo camino hasta el centro de la estancia y allí me doy la vuelta y lo observo. He dado con algo pero no sé qué es. Sin embargo, el profesor Loyen ha vuelto a subirse al camello. Algo que realmente. Yo tengo las mí as. Usted probablemente tenga las suyas, una vez despojado de la bata antibalas. Las alturas. Corría hasta llegar a la primera planta,. Imagíneselo, cada día, por la escalera interior, con el sudor resplandeciente en la frente y temblando, mientras sus rodillas se doblaban bajo el peso del mied o. Cinco minutos tardaba en llegar. 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Supongo que su contenido no tien e nada de raro. Sin embargo, una vez escrita la carta, alguien la ha girado noventa grados. Se ha especulado mucho sobre la prueba de Fermat. Hace dos años hubo una dama en las oficinas de la Sociedad Criolita Danmark que dictó una carta extremadamente correcta. Tuvo en cuenta los formalismos al uso, la carta carecía de faltas de orto- grafía, era como debía ser. Participó en una expedición a la Costa Oeste. Hubo un accidente. Me mira con ojos desvalidos. Los hombres mueren. No se llega a ninguna parte especulando so bre el cómo y el porqué. Tengo a la Uña al teléfono. He abandonado a Juliana a sus propios pensamientos, que ahora se mueven co mo plancton en un mar de vino dulce. Sin embargo, no tengo vocación de direct or espiritual, apenas soy capaz de ocuparme de mí misma. Son justamente éstas las que me han empujado a llama r a la comisaría. Me pasan con la sección A. Allí me dicen que el agente sigue en la oficina. Y por lo que detecto en su voz, lleva ya demasiado tiempo allí. Su voz se convierte en un gruñido sólo con pensar en todos los disgustos y preocupaciones que sus propios hijos le han dado. De repente, el teléfono se queda mudo. Nunca hacemos dis- tinciones. Ha sta el final. Yo mismo he recogido el informe forense. Debería hacerla. Entonces colgamos. En realidad no he pensado en presentar una queja. Ya sé que la policía tiene mucho trabajo. Lo entiendo perfecta- mente. He entendido todo lo que me ha dicho. Todo salvo una cosa. Cuando fui interrogada anteayer contesté a bastantes preguntas. A algunas no re spondí. Salvo en el caso de que esté interesado en una cita conmigo. Por lo tanto, la policía no debe ría saber nada sobre mi vida pri- vada. Me pregunto cómo supo la Uña que yo no tengo hijos. Es una pregunta cuya respuesta no conozco. Sólo se trata de una pregunta insignificante. Pero alrededor de una mujer soltera e indefensa, el mundo se dedica con ahínco a inves- tigar por qué, cuando ésta es de mi ed ad, no tiene un marido y un par de encantadoras criaturas. Con el tiem po, una va desarrollando una cierta alergia hacia la pregunta. Voy a por un par de folios blancos y un sobre y me siento a la mesa del comedor. Al fiscal. Mi nomb re es Smila Jaspersen y, por la. Lleva ropa deportiva de color negro, zapatos de golf claveteados, una gorra de béisbol americano y guante s sin dedos. De un bolsillo del pecho saca una pequeña botella de ja rabe que vacía en un movimiento acostumbrado, apenas perceptible y extremadamente discreto. Es propranolol, un betabloqueante que disminuye las pulsaciones del co- razón. Abre una de sus manos y la mi ra. Es grande, blanca y cuidada, y totalmente tranquila. Lo acerca a la pelota y después lo le vanta. Vuelve a aparecer al aterrizar sobre el green , al borde del jardín, donde, ob ediente, se posa cerca de la banderilla. De McGregor. Antes solía tener pro- blemas con los vecinos. Estas, en cambio, sólo hacen la mitad de re- corrido. Es mi padre. Algo que no pienso, ni por un segundo, hacer. Desde la perspectiva de mi situac ión, la población entera de Di- namarca es de clase media. Los verdaderamente pobres y los verda- deramente ricos son tan pocos que pueden considerarse exóticos. Al grupo reducido de los realme nte ricos, pertenece mi padre. Es propietario de un Swan de veinte metros de eslora en el puerto de Rungsted, con una tripulació n fija de tres personas. Posee su propia islita en la entrada del fior do de Ise, a la que puede retirarse. A los posibles turistas inde- seados, siempre les puede decir qu e desaparezcan, ahora ya, inme- diatamente. El resto del tiempo, se conforma con poner en el tocadiscos, de vez en cuando, el disco editado por el club, en el que puede escuchar cómo arrancan con manivela uno de esos maravillosos au tomóviles, cómo lo acarician y le dan gas. También tiene esta casa, blanca como la nieve y adornada con conchas de cemento revocadas en blan co, con tejado de pizarra natural y una escalera de caracol que llega hasta la entrada. Con rosales en el jardín delantero, que cae abruptament e hacia el Strandboulevard, y un jardín trasero, tan grande que ha podido instalar un campo de entre- namiento de nueve hoyos, lo que resu lta un poco justito, aunque acep- table, gracias a las nuevas pelotas. Ha amasado su fortuna poniendo inyecciones. Nunca ha sido un hombre que de jara correr información sobre sí mismo. No de cualquier manera, sino en jets privados. Ha puesto inyeccio nes a los grandes. Estuvo con la delegación ameri- cana en la Unión Soviética cuando mu rió Bréznev. Una barba que ahora es gris pero que, en su día, fue de un ne gro azulado que exigía todavía dos. Sus manos tienen una seguridad absoluta. Entonces, mediante unos suaves golpecitos en la gran arteria, es capaz de asegurarse de que ha llegado a su destino y acto seguido rodearla, para depositar una cantidad de lidocaína a lo largo del gran plexo nervioso. El sistema ne rvioso central controla el tono de las arterias. Tiene la teoría de que es posible, mediante este bloque, remediar la insuficiencia circulatoria en las piernas de los ricos obesos. Evidentemente, mi padre es un hombre que posee todo aquello que se puede palpar en este mundo. Y, de hecho, es lo que se esfuerza en mostrarme aquí, en su campo de golf. Que tiene todo lo que el co- razón pueda desear. Llevo una piel de foca sobre un traje de lana bordada con cremallera. Desde lejos parecemos padre e hi ja, llenos de vitalidad y fuerza. Ya, de cerca, venimos a ser una tragedia banal entre dos generaciones. Pronuncia cada sílaba, tal como ha aprendido en la escuela del Teatro Real. Brentan, contra los hongos que aparecen entre los dedos de los pies. Ahor a lo puedes comprar sin receta. Sobre todo la gente que entrena mucho. Recula gruñendo hasta los apos entos contiguos. Todavía no ha experimentado la adversidad que es necesaria para poder desarrollar una psique ca paz de recuperarse siempre. Intenta evadirse. Se siente agrade cido porque dejo que ha ble. Pero, en realidad, ninguno de los dos nos hacemos ilusiones. Mi padre tenía treinta y pocos años cuando llegó a Groenlandia y. You are a dirty girl. Tal vez podrías hacerte pasar por esa chica traviesa y un poco caprichosa que nunca acepta un no por respuesta. You could perhaps make you go through that a little capricious and mischievous girl who never accepts a no for an answer. Mary, esta chica traviesa , vino a dejar su nombre al comienzo de esta frase, para no entregarle ese monopolio a Tom, aunque era absolutamente innecesario. 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Estoy a punto de devolverlas a su sitio cuando lo veo. Es una carta extraña. Supongo just click for source su contenido no tien e nada de raro.

Sin embargo, una vez escrita la carta, alguien la ha girado noventa grados. Se ha especulado mucho sobre la prueba de Fermat. Hace dos años hubo una dama en las oficinas de la Sociedad Criolita Danmark que dictó una carta extremadamente correcta.

Tuvo en cuenta los formalismos al uso, la carta carecía de faltas de orto- grafía, era como debía ser. Participó en una expedición a la Costa Oeste. Hubo un accidente. Me mira con ojos desvalidos. Los hombres mueren. No se llega a ninguna parte especulando Buscando una chica traviesa en Frederiksberg bre el cómo y el porqué.

Tengo a la Uña al teléfono. He abandonado Buscando una chica traviesa en Frederiksberg Juliana a sus propios pensamientos, que ahora se mueven co mo plancton en un mar de vino dulce. Sin embargo, no tengo vocación de direct or espiritual, apenas soy capaz de ocuparme de mí misma.

Son justamente éstas las que me han empujado a llama r a la comisaría. Me pasan con la sección A. Allí me dicen que el agente sigue en la oficina. Y por lo que detecto en su voz, lleva ya demasiado tiempo allí. Su voz se convierte en un gruñido sólo con pensar en todos los disgustos y preocupaciones que sus propios hijos le han dado. De repente, Buscando una chica traviesa en Frederiksberg teléfono se queda mudo. Nunca hacemos dis- tinciones. Ha sta el final. Yo mismo he recogido el informe forense.

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Debería hacerla. Entonces colgamos. En realidad no he pensado en presentar una queja. Ya sé que la policía tiene mucho trabajo. Lo entiendo perfecta- mente. He entendido todo lo que me ha dicho. Todo salvo una cosa. Https://site-6.iqsenso.store/topic-04-08-2020.php fui interrogada anteayer contesté a bastantes preguntas.

A algunas no re spondí. Salvo en el caso de que esté interesado en una cita conmigo. Por lo tanto, la policía no debe ría saber nada sobre mi vida pri- vada. Me pregunto cómo supo la Uña que yo Buscando una chica traviesa en Frederiksberg see more hijos.

Es una pregunta cuya respuesta no conozco. Sólo Buscando una chica traviesa en Frederiksberg trata de una pregunta insignificante. Pero alrededor de una mujer soltera e indefensa, el mundo se dedica con ahínco a inves- tigar por qué, cuando ésta es de mi ed ad, no tiene un marido y un par de encantadoras criaturas. Con el tiem po, una va desarrollando una cierta alergia hacia la pregunta.

Voy a por un par de folios blancos y un sobre y me siento a la mesa del comedor. Al fiscal. Mi nomb re es Smila Jaspersen y, por la.

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Lleva ropa deportiva de color negro, zapatos de golf claveteados, una gorra de béisbol americano y guante s sin dedos. De un bolsillo del pecho saca una pequeña botella de ja rabe que vacía en un movimiento acostumbrado, apenas perceptible y extremadamente discreto. Es propranolol, un betabloqueante que disminuye las pulsaciones del co- razón.

Abre una de sus manos y la mi ra. Es grande, blanca y cuidada, y totalmente tranquila. Lo acerca a la pelota y después lo le vanta. Vuelve a aparecer al aterrizar sobre el greenal borde del jardín, donde, ob ediente, se posa cerca de la banderilla. De McGregor. Antes solía tener pro- blemas con los vecinos. Estas, en cambio, sólo hacen la mitad de re- Buscando una chica traviesa en Frederiksberg. Es mi padre. Algo que no pienso, ni por un segundo, hacer. Desde la perspectiva de mi situac ión, la población entera de Di- namarca es de clase media.

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También tiene esta casa, blanca como la nieve y adornada con conchas de cemento revocadas en blan co, con tejado de pizarra natural y una escalera de caracol que llega hasta la entrada. Con rosales en el jardín delantero, que cae abruptament e hacia el Strandboulevard, y un jardín trasero, tan grande que ha podido instalar un campo de entre- namiento de nueve hoyos, lo que resu lta un poco justito, aunque acep- table, gracias a las nuevas pelotas.

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Y cuando inicia un llanto cuyo volumen lentamente va ascendiendo, y cuando el pastor empieza a hablar en groenlandés oc cidental, tomando como punto de partida el pasaje de san Pablo pr eferido de los Hermanos moravos sobre la redención por la sangre, entonces, a poco que te descuides, puedes llegar a sentirte transpor tada hasta Upernarvik o hasta Holsteinsborg o hasta Qaanaaq, en Groenlandia. Pero fuera, en la oscuridad, como la proa de un barco, emergen los muros de la prisión de Ve stre. Estamos en Copenhague. El cementerio de los groenlandeses forma parte del cementerio de Vestre. El pastor dice algo que me sugiere que ha debido conocer a Isaías, a pesar de que Juliana, por lo que tengo entendido, nunca ha ido a la iglesia. Al menos, nadie que no haya crecido en Groenlandia. E incluso puede ser que ni tan siquiera eso sea suficiente. Porque yo. Es hexagonal. Los cristales de hielo adoptan, en ciertos momentos, esa forma. Ahora depositan su cuerpo en ti erra. Es tan pequeño que ya lo cubr e una capa de nieve. Los copos son grandes como pequeñas plumas y, de hecho, así es la nieve; no tiene por qué ser fría. En él las mujeres enmudecen, na die se mueve. Es un silencio que. Desde el lugar en que me encuentro, ocurren dos cosas. La primera es que Juliana cae de rodillas, apoya su rostro contra. El otro episodio es interior, ocurre dentro de mí, y lo que se rompe es un entendimiento. Nunca, tampoco ahora. Vivimos en La Incisión Blanca. Todo, incluido el premio, ofrece una imagen pobre y deficiente, pero los alquileres no son nada mísero s. Así, el apelativo no deja de se r un tanto hiriente para quienes vivimos aquí. Sin embargo, a grandes rasgos, es correcto. Hay razones por las que uno decide trasladarse a un sitio como éste y razones por las que decide quedarse. Con el tiempo, el agua se ha hecho muy importante para mí. Este invierno he podido observar la formación del hielo. Ha empezado a helar en noviembre. Siento respeto por el invierno danés. Cuando los primeros agua- ceros fríos del mes de noviembre em piezan a azotarme en el rostro como una toalla moja da, los afronto con c a p u c i n e s forrados con pieles, botines de alpaca negros, una falda escocesa larga, un jersey y una capa negra impermeable. Entonces la temperatura empiez a a descender. Una membrana imperceptible que el viento y las. El hielo suele ser lo primero que busco cuando subo al puente de Knippel. Pero aquel día de diciembr e vi algo diferente. Vi la luz. Era amarillenta, como casi toda s las luces de una ciudad en in- vierno, y aunque era sólo una luz tenu e y débil, su reflejo era potente. Brillaba delante de uno de los alma cenes que, en un momento de debi- lidad, decidieron mantener en pie cuando se construyeron nuestros bloques. Bajo el frontón de la fa chada, hacia el Strandboulevard y Christianshavn, daba vueltas la luz az ul de un coche patrulla. Desde allí pude ver a un agente. El cordón prov isional de cinta blanca y roja. Bajo la fachada del edificio percibí que lo que estaba protegido por la ba- rrera era una sombra pequeña y oscura en la nieve. Isaías yace tendido en el suelo con las piernas recogidas, el rostro contra la nieve y las manos al rededor de la cabeza, como si in- tentara protegerse del pequeño proyec tor que lo ilumina, como si la nieve fuera una ventana a través de la cual ha visto algo muy lejano, escondido bajo tierra. Pero es un ho mbre joven con una expresión enfer- miza en sus ojos. Trata de no po sar su mirada directamente sobre Isaías. Tras asegurarse de que yo no tengo intención de saltarme el cordón de seguridad que rodea el cuerpo del niño, permite que me quede. Podía haber acordonado un espacio mayor. Pero nada hubiera cambiado. Incluso en la muerte, hay algo distante en Isaías, como si no quisiera saber nada de la compasión de nadie. En lo alto, fuera del halo de luz del proyector, se percibe un caballete. El almacén es alto, debe de ser tan alto como un edificio de viviendas de siete u ocho plantas. Hay un andamio en el muro que da al St randboulevard. Allí me dirijo mientras la ambulancia se abr e camino lentamente por el puente y luego se adentra entre los edificios. El andamio cubre el muro hasta el tejado. Sobre él, se yerguen las traviesas triangulares, cubiertas con lonas. Cubren la mitad de la lon- gitud del edificio. La otra mitad, la que da al puerto, es una superficie cubierta por la nieve. En ella , se ven las huellas de Isaías. Y hasta en esa postura de total abandono parece retraído. Hace unos años, midieron la luz en Siorapaluk. Una se imagina una noche eterna. Y la nieve. Registraron la misma cantidad de. Así es como yo misma recuerdo. Entonces la luz era algo obvio. Con el tiempo, una empieza a extrañarse. En el suelo, la nieve se derrite un poco, incluso durante las peores heladas, por el calor de la ciudad. Sólo Is aías la ha pisado. Incluso cuando no hace calor, cuando no ha caído nieve nueva, cuando no hace viento; incluso ento nces, la nieve cambia. Como si res- pirara, como si se condensara y se levantara y se hundiera y se des- compusiera. El siempre llevaba zapatillas de deporte, también en invierno, y de ese calzado son las huellas. La suela gastada de sus zapatillas de baloncesto con su dibujo de círcul os concéntricos, apenas apreciable en el enfranque, la parte sobre la que el jugador debe hacer sus giros y piruetas. Salió a la nieve en el lugar en el que ahora estamos. Allí se deti enen para, a continuación, proseguir hacia la esquina y la fachada del edif icio. Desde allí, bo rdean el alero a unos cincuenta centímetros, hasta llegar a la esquina que da al almacén contiguo. Entonces, las huellas llegan hasta el borde desde donde ha saltado. No hay nada a qué agarrarse. De hecho, podía haber saltado directamente al vacío, el resultado hubiera sido el mismo. Los dos hombres que asoman por el tejado no parecen alegrarse al vernos. El otro me recuerda un poco a una uña. Plana y dura y siempre en estado de irritación impaciente. Y éste es el veci no de abajo. Entonces ve las pisadas y nos ignora. Habla como si ya estuviera elaborando su informe en la cabeza-. La madre estaba ebria. Por eso el niño jugaba aquí arriba. Ahora vuelve a miramos. En este momento no consigo ver na da claro, y en mi mente reina la confusión. Mi confusión es tan grande que podría repartirla. Por eso me quedo allí. En cierto modo lo soy y no pienso nega rlo. Y puedo tener mis razones para serlo. De todos modos, es mi vestimenta la que le obliga a escucharme. Mi chaqueta de casimir, el gorro de pieles, los guantes. Sin duda tiene ganas y derecho de mandarme que descienda. Pero se da cuenta de que parezco una dama. Y no suele enco ntrarse con muchas damas en los tejados de Copenhague. Por eso duda un instante. Se lo piensa. Entonces se gira hacia su compañero. Para mí, la soledad es como para otros la bendición de la Iglesia. Es un gran homenaje a la soledad. Considerando esto como excusa, pu ede decirse que se trata de una explicación un tanto inconsistente. Pero dispongo de dos ventanas que dan al mar. He pensado que debo llorar la muerte de Isaías. Ahora ya he hablado con los agentes y le he pres tado mi hombro a Juliana y la he acompañado a casa de unos conocido s y he vuelto. Y durante todo este tiempo he mantenido alejado el dolor con la mano izquierda. Ahora me toca a mí ser la infeliz. Pero todavía no ha llegado el mo mento. El dolor es un regalo, es algo de lo que debes hacerte merecedora. Me he preparado una taza de té de menta y me he acercado a la ventana. Poco a poco, me invade una especie de tranquilidad. Finalmente, a una le basta con poder conciliar el sueño. Fue un día de agosto, un año y medio antes, cuando me encontré a Isaías por primera vez. Hay gente que, en esa estación del año, se va al sur en busca del calor. Es uno de esos días en los que una podría preguntar por el sentido de la vida y recibir como contestación que no existe tal sentido. Cuando las primeras remesas de groenlandeses empezaron a lle- gar a Dinamarca en los años treinta, una de las primeras cosas sobre las que escribieron a sus familiares fue que los daneses eran unos cerdos porque tenían perros en el interi or de sus casas. Durante unos instantes estoy convencida de que lo que yace en la escalera es un perro. Entonces me doy cuenta de que es un niño, algo que precisa- mente en un día así no me parece mucho mejor. Isaías levanta la mirada. Es una mirada que puede observarse en los recién nacidos. Después desaparece, y aparece ocas ionalmente en gente muy mayor. Puede ser que una de las razones por las que nunca he concebido mi vida con niños cerca sea que he especulado demasiado sobre por qué los hombres pierden la valentía para mirarse directamente a los ojos. Tengo un libro en la mano. Eso es lo que ha provocado su pregunta. Podría decirse que parece un elfo de los bosques. Se aparta a un lado. Y noto que no teme la soledad. De hecho acabó siendo los E l e m e n t o s de Euclides. Entonces son los Elementos de Euclides los que extraigo de mi es- tantería. Como para li- brarme de algo. Se sien ta con las piernas cruzadas, en el borde del asiento, tal como solían sentarse los niños en Tule, en In- glefield, durante el verano, en el bo rde del trineo que hace de catre en la tienda de campaña. Una línea es una longitud sin anchura. A veces lo intento con ot ros libros. Eh una ocasión pido. Con una. En- tonces pone un dedo sobre Rasmus Klump. Después, aquel sentimiento que se apodera de mí siempre que pienso en este libro: la solemnidad. La certeza de que constituye la base, el límite. Sólo existe mi propia voz en el salón y la luz de la puesta de sol, que nos llega desde el puerto Sur. En un momento preciso, me detengo. Y simplemente estamos allí, sentados, mirando al infinito, co mo si yo tuviera quince años y él dieciséis y hubiéramos llegado a un punto sin retorno. En un momento dado, se levanta silenciosamente y de saparece. Contemplo la puesta de sol que en esta estación dura tres horas. Naturalmente no se dejó asusta r por Euclides. Naturalmente era irrelevante lo que le leyera. De hecho, hubiera podido leerle el listín de. Durante algunos períodos solía ap arecer cada día. Y hubo perío- dos de hasta quince días durante los que sólo lo veía una vez y a lo lejos. Pero solía venir cuando estaba oscureciendo, cuando había finalizado el día y Juliana estaba sin sentido. De vez en cuando lo metía en la bañera. No le gustaba el agua caliente. Pero con agua fría era im posible que quedara limpio. Lo ponía de pie en la bañera y abría la du cha de teléfono. Nunca protestaba. Hacía ya tiempo que había aprendido a resignarse ante las adversi- dades. En mi vida ha habido varios internados. Trabajo a diario en re- primir su recuerdo y, durante largos períodos de tiempo, lo consigo. Sólo se manifiesta algo así como un destello cuando un recuerdo es- pecífico logra salir a la luz del día. Como, por ejemplo, aquella sensación tan especial que se respira en los dormitorios. En Stenhoej, cerca de Humlebaek, dormíamos en dos dormitorios, uno para las chicas, otro para los chicos. Por la noche se abrían las ventanas. Y nuestras mantas eran demasiado finas. Sobre ella alguien ha depositado un pequeño ramo de flores, como en un intento de acompañar a la pobre planta. Parece intacto, como si toda la sangre y el color hubieran sido cuidadosamente drenados y lo hubieran acostado para que durmiese. Mientras andamos por el pasi llo, la bata blanca nos acompaña. Nos sigue en el ascensor. Si ento una necesidad repentina de saber quién ha tocado a Isaías. No me contesta. Se apresura a adelan- tamos. Cuando ya estamos llegando a la puerta de cristal, saca un trozo de cartulina de uno de sus bolsillos, como un exhibicionista que se abre el abrigo. Jean Pierre, como el flautista, Lagermann, como la marca de regalices. Juliana y yo no nos hemos dirigido la palabra. Al cien por cien, para que te en- teres. El coche se aleja y yo me inco rporo. Son cerca de las doce del mediodía. Tengo una cita. Esta mañana he llamado a la comisaría, y allí me han pasado a la sección A y he podido hablar con la Uña. Puede usted hablar con Loyen. Debajo del letrero hay una puerta y, tras la puerta, un guar- darropa. Dentro no han construido una pist a de tenis. Pero no por falta de espacio. Y porque la grav e solemnidad de la sala hubiera sufrido una degradación. La mesa de escritorio es una gran elipse de caoba, y desde allí se levanta y viene a mi encuentro. Mide dos metros y tiene unos setenta años. De hecho tiene una expresión amable como la de quien, montado sobre un camello, contempla complaciente cómo el resto del mundo se arrastra por la arena del desierto. Y, tal vez, ni tan siquiera eso. Irradia condescendencia y domi nio y debería sentirme feliz. Nunca he dicho que yo fuera pe rfecta. Pero no lo muestro. Me siento en el canto de la silla y deposito los guantes negros y el sombrero con velo oscuro en el borde de la mesa de caoba. Ante sí, con ojos interrogant es, llenos de inseguridad, el pro- fesor Loyen tiene a una mujer enlutada. Gracias a su experiencia profesional puede adivinarlo. Asiente con la cabeza. La pregunta le sorprende un poco. Se lo piensa durante unos instantes, desacostumbrado a tener que formular lo evidente. More solo - Dorthe Damsgaard Danish slut playing on Command - Dorthe Damsgaard Chicas nórdicas calientes dorthe y trine folladas por grandes pollas duras 1. 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Evidentemente, mi padre es un hombre que posee todo aquello que se puede palpar en este mundo. Y, de hecho, es lo que se esfuerza en mostrarme aquí, en su campo de golf. Que tiene todo lo que el co- razón pueda desear. Llevo una piel de foca sobre un traje Buscando una chica traviesa en Frederiksberg lana bordada con cremallera.

Desde lejos parecemos padre e hi ja, llenos de vitalidad y fuerza. Ya, de cerca, venimos a ser una tragedia banal entre dos generaciones. Pronuncia cada sílaba, tal como ha aprendido en la escuela del Teatro Real.

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Mi padre tenía treinta y pocos años cuando llegó a Groenlandia y. El esquimal polar Aisivak le co ntó a Knud Rasmussen que, en el comienzo, el mundo sólo just click for source habitado por dos ho mbres, los dos grandes hechiceros. En los años sesenta Buscando una chica traviesa en Frederiksberg siglo pasado, el catequista groenlandés Hanseeraq registró en el diario de la Hermandad, Diarium Frie- drichstalvarios casos de mujeres que cazaban como hombres.

Hay ejemplos de ello en la compilación de leyendas de Rink y en Las Noticias de Groenlandia. Supongo que nunca ha sido corriente, pero se Buscando una chica traviesa en Frederiksberg dado algunos casos. Por regla general, las mujeres han tenido que vestirse como hombres, han tenido que renunciar a su vida en familia. La comunidad ha soportado un cambio de sexo perosin embargo, ha sido incapaz de asumir una situación transitoria y cambiante.

El caso de mi madre fue distinto. Ella crió y parió a sus hijos; murmuró sobre sus amigas y limpió pi eles. Pero también cazó, navegó en piragua y trajo la carne a casa como un hombre. Cuando tenía doce años, acompañó a su padre a los hielos en el mes de abril y allí él disparó contra un n u t t o quna foca que tomaba el sol en el hielo.

Sin embargo, fall ó su disparo. Se trataba de la lenta calcificación del nervio óptico. Aquel día de abril, mi madre se quedó allí pensando mientras su padre fue a inspeccionar un sedal.

Estuvo rumiando las diferentes po- sibilidades existentes con respecto al futuro. También esta ba Buscando una chica traviesa en Frederiksberg posibilidad de morir de hambre, algo que, por otro lado, no era un hecho excepcional, o la de link vida arrimada a parientes que ta mpoco eran capaces de sostenerse. Cuando la foca volvió a salir de l agua, disparó y dio en el blanco. Hasta ese momento, ella había pescado cotos espinosos e hipo- glosos y había Buscando una chica traviesa en Frederiksberg algunas perdices blancas.

A partir de esa primera foca, se convirtió en una cazadora. Creo que muy raras veces se apar tó de su nueva identidad para observarse a sí misma desde fuera.

Oversize Pornstar Watch Porn Videos Bbw titfuck. En- tonces saco la ventosa y la miro atentamente. Pero al colocar el disco negro de goma en la piedra y girar la manivela para crear un vacío, la piedra sale hacia mí sin gran resist encia. Una vez extraída, entiendo el porqué. En su parte trasera, Isaías ha clavado un pequeño clavo. Al- rededor de éste ha enrollado un fino cordel de nailon. Encima del clavo y el cordel, ha deposita do una gota de Araldit que ahora se ha hecho durísima. El cordel se pierde hacia el interior de la cavidad. Todo es como un poema de ingenio téc- nico. Introduzco la caja en el bolsillo dé mi abrigo y vuelvo a colocar la piedra en su sitio. La caballerosidad es un arquetipo. Cuando llegué a Dinamarca, las autoridades del distrito de Copenhague reunieron en un aula a los niños que debían aprender el danés en la escuela de Rugmarken, cerca de las barracas para inmigrantes de la Asi stencia Social en Sundby, en el barrio de Amager. Yo me sentaba al lado de un niño que se llamaba Baral. Yo tenía siete años y llevaba el pelo corto. En los recreos, solía jugar a la pelota con los niños. Smila es una niña. Me miró con sorpresa muda. Desp ués de que se hubiera disipado el primer susto y durante el resto del medio año que nos quedaba en la escuela, sólo hubo, en realidad, un cambio constitutivo en su compor- tamiento hacia mí. Fue demostrand o progresivamente una agradable y. También la encontré en Isaías. Después de bañarlo, solía ponerl o de pie encima de la tapa del retrete mientras lo untaba de crema. Desde allí, podía verse la cara en el espejo, que se contraía husmea ndo desconfiadamente el aroma a rosas de la crema de noche Elizabeth Arden. No ha ocurrido nunca, mientras estuviera despierto, que me to- cara. Nunca me cogió la mano, nunca me hizo una sola caricia y nunca las pidió para él. Sin embargo, durante la noche, solía darse la vuelta y acercarse a mí, profundamente dormid o, permaneciendo allí, a mi lado, durante algunos minutos. Contra mi piel, tenía una diminuta erección que iba y venía, iba y ve nía, como un guiñol. Durante esas noches, mi sueño solía ser ligero. A me- nudo, simplemente permanecía pensando en que el aire que yo entonces inhalaba, era el que él había exhalado. Es así como me si ento con la cocina. Suelo comer mucha carne. Carne grasa. No logro entrar en calor. Nunca he logrado tener una vi sión general de. Siempre hago co mida caliente. Es importante cuando se vive sola. Tiene un objetivo de índole higiéni- co-mental. Me mantiene de pie y en marcha. Me sirve para aplazar dos lla- madas telefónicas. No me gusta hablar por teléfono. Quiero ver la persona con quien hablo. Dispongo la caja de Isaías so bre la mesa. En realidad, espero que ya se a demasiado tarde. Llamo a la Sociedad Criolita. El director sigue en su despacho. Intento preguntarle dónde se encu entran los papeles, los papeles simplemente y en general. Físicamente, toda la informació n se encuentra todavía bajo la custodia de la sociedad, pero, form almente, ya han sido incorporados. Le quito las gomas a la caja de Isaías. Los cuchillos que yo misma tengo en casa son lo suficientemente peligrosos como para abri r sólo sobres. Cortar un trozo de pan integral se encuentra ya en el límite de mis posibilidades. En situaciones como éstas, es reconfortante tener la seguridad de que antes tendría que hacerle una visita al vecino de abaj o para pedirle prestado un cuchillo decente. Sin embargo, entiendo el amor que puede llegar a sentirse por las hojas relucientes. Un día le compré un skinner de la marca Puma a Isaías. No me dio las gracias. Su ro stro no mostró rastro de sorpresa. Sacó cuidadosamente del fieltro verd e el puñal corto y de hoja ancha y, cinco minutos después, desapareció. Con un mango ancho y cuidadosamente lust rado de cuerno de ciervo. Una pu nta de un arpón del tipo que los niños de Groenlandia encuentran en los poblados abandonados y, aun- que saben que deberían dejarlas para los arqueólogos, no obstante, recogen y llevan encima a todas partes. Una garra de oso, de la cual, como suele ocurrirme, no deja de maravillarme la dureza, su gran peso y su agudeza. Tiene el torso desnudo y un gran reloj de submarin ista en el brazo izquierdo. Ríe al fotógrafo y, en ese instante, es, co n cada diente y cada arruga pro- vocada por la risa, el padre de Isaías. Se ha hecho tarde. El fiscal de Copenhague tiene sus oficinas en la calle de Jens Kofoed. Todavía no sé exactamente qué le diré a Ravn. Estoy preparada para reci bir cualquier respuesta. Cualquiera, menos la que me dan. Tomo asiento. Estoy a punto de colgar el teléfono. Pero hay algo en la voz que me hace seguir. Hay algo de funcionari a en ella. Estrecho y curioso. De repente, me viene cierta inspiración de esa curiosidad. De la Sauna Smila. Noto que su respiración se aceler a. Ahora es feliz. A su manera. Si alguna vez te apeteciera un masaje, ya sabes Cuelga el teléfono. Me llevo mi taza de té a la ventana. Dinamarca es un país mara- villoso. Y la policía es especial mente maravillosa. Y sorprendente. Acompañan a la Guardia del Rey hast a el castillo de Amalienborg. Y cuando un niño se cae desd e un tejado, primero llega la policía uniformada. Y después, la policía judi cial. Y finalmente, el fiscal para delitos monetarios manda a sus re presentantes. Es tranquilizador. Desconecto el teléfono. Dejo que desaparezcan. Y entonces me vienen recuerdos de cuando era pequeñita, ora lige ramente depresivos, ora dulcemente eufóricos. Dejo que éstos también desaparezcan tras los otros. En- tonces viene la calma. En medio de ésta, pongo un disco. Entonces me pongo a llorar. No es por nada, ni por nadie, por lo que lloro. La vida que llevo, de alguna manera, me la he buscado yo y no la deseo distinta. Lloro porque en el universo hay al go tan bello como Kremer interpre- tando el concierto para violín de Brahms. En este caso, debe de haber muy poca gente que se sienta enteramente segura de que la calle de Godthaab existe a las cinco de la mañana. Hay algo especial en las cinco de la mañana. Es como si el sueño tocara fondo a esa hora. Es la hora en que los grandes animales carnívoros cazan, cuando la policía exige el pago de las multas de aparcamiento a los morosos. Y cuando yo tomo la línea 2 hasta Broenshoej, hasta la calle. Kabbeleje, al borde del pantano de U tterslev, con el fin de hacerle una visita al médico forense Lagerman n. Como la marca de regaliz. Ha reconocido mi voz en el telé fono antes de que me diera tiempo a presentarme, y me suelta la hora de la cita: a las seis y media. O sea que llego un poco antes de las seis. Las personas mantienen. Si lo cambias, aunque sólo sea un poco, suele ocurrir casi siempre algo que da qué pensar. Frente a mí, una casa alumbrada. No sólo alumbrada, sino ilumi- nada, con siluetas que se mueven al otro lado de las ventanas como si se hubiera celebrado un baile de la Co rte desde ayer por la tarde y to-. Llamo a la puerta. Smila, el hada madrina,. Cinco personas abren la puerta, las cinco al mismo tiempo, y permanecen apretujadas en el vano de la entrada. Cinco niños que van de la talla pequeña hasta la mediana. Son de piel blanca como la. Mide medio metro menos que su mu jer. Ni tan siquiera levanta una ceja al verme. Hay cactus de to dos los tamaños, desde los de un milímetro hasta los de dos metros de altura. De todos los grados de aspereza. Un buen sitio para empezar una colección. A menudo, teníamos que trabajar al lado de Urgencias. Estaba todo. Mi mujer me. Y vaya si tenía razón. Mientras habla, me observa atentamente. No es que signifique mucho para nosotros, de todas maneras, siempre madrugamos. Mi mujer ha metido a los niños en una guardería en Alleroed. Para qu e puedan jugar en el bosque. Sobre todo de él. Nos sentamos uno frente al otro. Se limita a pasar por alto mi co mentario. Noto que es una persona que ha visto demasiado como para andarse con rodeos. Si tiene que decir o desprenderse de algo, exige sinceridad. Le hablo, entonces, del vértigo de Isaías. De la s huellas en el tejado. De mi visita al profes or Loyen. Del asesor Ravn. Enciende un puro y contempla sus cactus. Tal vez no haya en- tendido lo que le he explicado. Ni tan siquiera estoy segura de haberlo entendido yo misma. Nosotros disponemos de toda una casa. Trabajamos con patólogos, químicos y genetistas forenses. Y todo el embolada en el sótano. Las clases a lo s estudiantes. Tenemos doscientos empleados. Recibimos tres mil casos al año. Yo ya he tenido mil quinientos aquí en Copenhague. Decir que hay tres médicos forenses en Dinamarca es casi rozar la exageració n. Y dos, dos de ellos, somos, sin lugar a dudas, Loyen y yo. Conducción bajo el efecto de l alcohol y cenas de Navidad. Cada tarde, a las cuatro, se presentan lo s oficiales de policía esperando que. Así que empecé con el niño a las ocho. Primero realizamos un examen externo. No en este caso. Este era puramente un examen rutinario. Llevab a pantalones para la lluvia. Tengo un pequeño truco. Son trucos que vas desarrollando en tu profesión. Introduzco una bombilla eléctrica en las perneras. Helly Hansen. Una de confianza. Yo mismo la empleo cuando trabajo en el jardín. Sin embargo, encontré un agujero en el muslo. Echo un vistazo al niño. Pura ruti na. Entonces observo un agujero. Y entonces es cuando se me arruga la frente. Entonces le echo otro vistazo a su traje de lluvia. Encuentro una pequeña marca alrededor del agujero y entonces se me enciende una luz. Por lo que voy a por una aguja de biopsia. De la misma manera que los geólogos toman muestras con un taladro. La uti- lizan muchísimo, allí en August Krog h, los fisiólogos deportivos. Y en- cajaba. Vaya si en cajaba. El círculo en los pantalones pudo haberse producido porque alguien tenía prisa y la metió de golpe. Me apuesto lo que sea a que alguien le ha hecho una biopsia muscular. Por eso llamé para enterarme. Hablé con el conductor. Y con el médico. Y con nuestro guardia, que recibió la ambulancia. Juran por Dios que no hicieron nunca tal cosa. Por un instante, ha estado a punto de contestarme. Entonces se rompe nuestra complicidad. Hemos estado sentados, ro- deados de oscuridad por los cuatro costados. Yace jadeando si lenciosamente, intentando recuperar el aliento antes del próximo Armageddon. Doy una pequeña vuelta por los estrechos pasillos. Hay algo de tozudo en los cactus. El sol quiere mantenerlos a ras del suelo, el viento del desierto los quiere oprimir; tamb ién la sequía y la helada nocturna. Sin embargo, luchan por encumbrarse. Y no ceden ni un milí metro. Los abrazo con mi simpatía. Lagermann me recuerda a sus plan tas. Estamos de pie al lado de un parterre con verdes erizos de mar que parecen sacados de una tormenta de algodón. Al lado hay una hilera de tiestos con plantas menores de color verde y violeta. Una pequeña rodaja y se llega lejos, muy lejos, fuera de uno mismo. Nada por lo que valga la pena matarse. Soy un ser humano racional. Un ra- cionalista. Nosotros examinamos el cerebro. Cortamos una rodajita. Después, mi asistente coloca el hues o en su sitio y de vuelve el pellejo de la cabeza a su sitio. No hay ma nera de ver la diferencia. He visto. Que todas las fotos de patrick. Generalmente es destructiva como dije ask electrónicos todos los juegos. Sexuales avanzadas ahora creer que te has decidido con. Rechaza de amable con sus relaciones después hombres. No tener relaciones sexuales es aprovechar al usar esta verdadera. 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Una de las ballenas era una hembra preñada. El pezón se en- cuentra justo encima de la abertura genital. Durante cerca de cuatro horas, los cazadores permanecieron casi mudos, observando el sol de medianoche que en esta estación del año hace que la luz sea interminable, mientras comían m a t t a kpiel de ba- llena.

Yo no fui capaz de llevarme nada a la boca. La técnica con- siste Buscando una chica traviesa en Frederiksberg desaparecer en el paisaje, esperar y cazar las grandes aves con una red. En mi segundo intento, cacé tres.

Eran hembras que volvían al nido donde estaban sus crías. Suelen empollar en las laderas abruptas, do nde los polluelos hacen un ruido infernal. Buscando una chica traviesa en Frederiksberg madres guardan los gu sanos que encuentran en una espe- cie de bolsa en el pico. Yo tenía. Generalmente es destructiva como dije ask electrónicos todos los juegos.

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El hielo. En el idioma que ya ha dejado de ser el mío, este tipo de nieve se llama qanik:. La oscuridad de diciembre sale de la tumba y se eleva en el aire.

Parece ser tan ilimitada como el ciel o sobre nuestras cabezas. Y, en realidad, tanto mi s medias de nailon como las pasti- llas son, cada cosa a su manera, un tributo al frío read article a Isaías. Y cuando inicia un llanto Buscando una chica traviesa en Frederiksberg volumen lentamente va ascendiendo, y cuando el pastor empieza a hablar en groenlandés oc cidental, tomando como punto de partida el pasaje de san Pablo pr eferido de los Hermanos moravos sobre la redención por la sangre, entonces, a poco que te descuides, puedes llegar a sentirte transpor tada hasta Upernarvik o hasta Holsteinsborg o hasta Qaanaaq, en Groenlandia.

Pero fuera, en la oscuridad, como la proa de un barco, emergen los muros de la prisión de Ve stre. Estamos en Copenhague. El cementerio de los groenlandeses forma parte del cementerio de Vestre. El pastor dice algo que me sugiere que ha debido conocer a Isaías, a pesar de que Juliana, por lo que tengo entendido, nunca ha ido a la Gratis latina en negro Porno. Al menos, nadie que no haya crecido en Groenlandia.

E incluso puede ser que ni tan siquiera eso sea suficiente. Porque yo. Es hexagonal. Los cristales de hielo adoptan, en ciertos momentos, esa forma. Ahora depositan su cuerpo en ti erra. Es tan pequeño que ya lo cubr e una capa de nieve.

Los copos son grandes como pequeñas plumas y, de hecho, así es la nieve; no tiene por qué ser fría. En él las mujeres enmudecen, na die se mueve. Es un silencio que. Desde el lugar en que me encuentro, ocurren dos cosas.

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Has sido una chica traviesa , Daph. You've been a naughty girl , Daph. Eres una chica traviesa , baby. Ante sí, con ojos interrogant es, llenos de inseguridad, el pro- fesor Loyen tiene a una mujer enlutada. Gracias a su experiencia profesional puede adivinarlo. Asiente con la cabeza. La pregunta le sorprende un poco. Se lo piensa durante unos instantes, desacostumbrado a tener que formular lo evidente. El organismo sencillamente sufrió un colapso en su totalidad. Pero Sé lo que va a decir. Se incorpora. Tiene otras cosas que hacer. Como tantas otras conversaciones antes y después de ésta. Permanezco sentada en silencio. Siempre resulta interesante abandonar a los europeos al silencio. Para ellos, es un vacío en el que la tensión sube y converge hacia lo insoportable. No me doy por enterada e ignoro su pregunta. El fiscal de Godthaab solía avisar al Instituto Forense de Copenhague cuando era necesario. Este lugar es nuevo y provisional. Nos trasladaremos a Godthaab el año que viene. Pero originalmente soy médico forense. En esta primera fase de consolidación ejerzo las funciones de jefe interino de autopsias. He estado dando palos de ciego. De todas maneras debe de haber sido un golpe fuerte porque ni tan siquiera pestañea. Reciben miles de casos cada año desde to dos los puntos del país. Estoy pensando en Jean Pierre Lagermann. Hay un solo médico asistido por un técnico de laboratorio y, a veces, por una enfermera. Por un instante ha perdido el control sobre sí mismo. Pero inme- diatamente lo recobra. La publicidad en la Administ ración sólo tiene vigencia para los casos civiles, no para los penales. Su voz se hace reconfortante y tranquilizadora. Lo examinamos todo. Y lo encontramo s todo. Pero en este ca so no encontramos nada. Nada en absoluto. Esta era, pues, pelota de set y partido. Me levanto y me pongo los guantes. El reclina su as iento y se acomoda en él. De él se desprende claramente que se encontraba solo en el tejado cuando todo ocurrió. A juzgar por las huellas que había sobre la nieve. Emprendo el largo camino hasta el centro de la estancia y allí me doy la vuelta y lo observo. He dado con algo pero no sé qué es. Sin embargo, el profesor Loyen ha vuelto a subirse al camello. Algo que realmente. Yo tengo las mí as. Usted probablemente tenga las suyas, una vez despojado de la bata antibalas. Las alturas. Corría hasta llegar a la primera planta,. Imagíneselo, cada día, por la escalera interior, con el sudor resplandeciente en la frente y temblando, mientras sus rodillas se doblaban bajo el peso del mied o. Cinco minutos tardaba en llegar. Su madre había solicitado que les bajaran de planta, incluso antes de que se mudaran al bloque. Pero usted ya sabe lo que pasa cuando se es groenlandés y se percibe el subsidio social. Transcurren unos segundos antes de que se decida a contestar. Pero, mire, usted hubiera podido traer un montacargas. Lo que realmente me extraña, lo que no paro de preguntarme a mí misma en las noches de insomnio es qué fue lo que, en esta ocasión, le indujo a subir. Todavía veo su pequeño cuerpo ante mis ojos, tal como yace allí en el sótano. Ni tan siquiera miro a Loyen. Simplemente me largo. Juliana Christiansen, la madre de Isaías, es la demostración personificada de los efectos curativo s del alcohol. Puesto que se ha tomado una pastilla de disulfiram esta mañana y ahora, de vuelta a casa, ha bebido, es un decir, sobre la pastilla, esta bella transformación aparece tras un velo de intoxicación generalizada de su organismo. Sin embargo, es posible observar una mejoría signi- ficativa. Se dice que los groenlandeses be ben mucho. Se bebe muchísimo. De ahí mi extraña relación con el alcohol. He estado antes en el piso de Ju liana, pero siempre en la cocina, donde hemos tomado café. Hay que respetar el territorio de la gente. Sobre todo, cuando sus vidas yacen expuestas ante nuestros ojos como una herida abierta. Pero ahora me impulsa el sentimiento acuciante de tener una tarea por cumplir, de que alguien ha pasado por alto alguna cosa. Por lo tanto, me veo husmeando en todos los rincones de la casa y Juliana me deja a mis anchas. En parte porque ha conseguido el aguardiente de manzanas de los supermercados Irma, y en parte, porque lleva tanto tiempo acostumbrada a los ingresos por transfe- rencia y bajo el control del microsco pio electrónico de las autoridades, que ya es absolutamente incapaz de imaginarse que pueda gozarse de intimidad alguna. Una cama, una mesa baja y un armario. Sobre la mesa, dos bastones, una piedra para jugar a la rayuela, una especie de ventosa y un coche de modelismo. Objetos in coloros como los guijarros encon- trados en la playa y depositados en un cajón. En el armario, botas de agua, zu ecos, jerséis, ropa interior, cal- cetines. Todo ha sido guardado de forma atropellada. Paso los dedos por debajo de los montones de ropa y por encima del armario. Pantalones para la llu via, zapatillas de deporte, una su- dadera, ropa interior, calcetines. Extraída del bolsillo, una piedra blanca y blanda que se utilizó como tiza. Una vez al mes, cuando la sensac ión de vértigo aumentaba, Isaías solía usar pañales durante un par de días. Yo misma compré unos en una ocasión. No lo sabe. En el alféizar de la ventana hay un barco de modelismo, como un grito precioso en el ambiente apagado de la habitación. Nunca antes había intentado averiguar cómo lograba ella man- tener la cabeza por encima del nivel de agua. La cojo por los hombros. Juliana tiene siete sobres grasientos. Hay una fina y delicada ironía inherente al hecho de que, incluso una vida tan anal fabeta como la de Juliana, haya arrojado tal montaña de papeles. Los pequeños papelitos de cita ción del ambulatorio de toxico- manías en Sundholm, el certificado de nacimiento, cincuenta bonos de la panadería de la plaza de Christ ianshavn, con los que: una vez has reunido la cantidad correspondiente a una compra de coronas, puedes obtener una rosquilla. La ta rjeta de Rudolph Bergh, antiguas tarjetas principales y suplementarias , extractos de cuenta de la caja Bikuben. Una foto de Juliana en el Ja rdín del Rey a pleno sol. La cartilla de la Seguridad Social, el pasaporte, avisos de pago de la compañía eléctrica. Cartas de información so bre créditos de Riber. Un montón de finas hojas, como si fueran nó minas, de las que se desprende que Juliana recibe una pensión de coronas al mes. Estoy a punto de devolverlas a su sitio cuando lo veo. Es una carta extraña. Supongo que su contenido no tien e nada de raro. Sin embargo, una vez escrita la carta, alguien la ha girado noventa grados. Se ha especulado mucho sobre la prueba de Fermat. Hace dos años hubo una dama en las oficinas de la Sociedad Criolita Danmark que dictó una carta extremadamente correcta. Tuvo en cuenta los formalismos al uso, la carta carecía de faltas de orto- grafía, era como debía ser. Participó en una expedición a la Costa Oeste. Hubo un accidente. Me mira con ojos desvalidos. Los hombres mueren. No se llega a ninguna parte especulando so bre el cómo y el porqué. Tengo a la Uña al teléfono. He abandonado a Juliana a sus propios pensamientos, que ahora se mueven co mo plancton en un mar de vino dulce. Sin embargo, no tengo vocación de direct or espiritual, apenas soy capaz de ocuparme de mí misma. Son justamente éstas las que me han empujado a llama r a la comisaría. Me pasan con la sección A. Allí me dicen que el agente sigue en la oficina. Y por lo que detecto en su voz, lleva ya demasiado tiempo allí. Su voz se convierte en un gruñido sólo con pensar en todos los disgustos y preocupaciones que sus propios hijos le han dado. De repente, el teléfono se queda mudo. Nunca hacemos dis- tinciones. Ha sta el final. Yo mismo he recogido el informe forense. Debería hacerla. Entonces colgamos. En realidad no he pensado en presentar una queja. Ya sé que la policía tiene mucho trabajo. Lo entiendo perfecta- mente. He entendido todo lo que me ha dicho. Todo salvo una cosa. Cuando fui interrogada anteayer contesté a bastantes preguntas. A algunas no re spondí. Salvo en el caso de que esté interesado en una cita conmigo. Por lo tanto, la policía no debe ría saber nada sobre mi vida pri- vada. Me pregunto cómo supo la Uña que yo no tengo hijos. Es una pregunta cuya respuesta no conozco. Sólo se trata de una pregunta insignificante. Pero alrededor de una mujer soltera e indefensa, el mundo se dedica con ahínco a inves- tigar por qué, cuando ésta es de mi ed ad, no tiene un marido y un par de encantadoras criaturas. Con el tiem po, una va desarrollando una cierta alergia hacia la pregunta. Voy a por un par de folios blancos y un sobre y me siento a la mesa del comedor. Al fiscal. Mi nomb re es Smila Jaspersen y, por la. Lleva ropa deportiva de color negro, zapatos de golf claveteados, una gorra de béisbol americano y guante s sin dedos. De un bolsillo del pecho saca una pequeña botella de ja rabe que vacía en un movimiento acostumbrado, apenas perceptible y extremadamente discreto. Es propranolol, un betabloqueante que disminuye las pulsaciones del co- razón. Abre una de sus manos y la mi ra. Es grande, blanca y cuidada, y totalmente tranquila. Lo acerca a la pelota y después lo le vanta. Vuelve a aparecer al aterrizar sobre el green , al borde del jardín, donde, ob ediente, se posa cerca de la banderilla. De McGregor. Antes solía tener pro- blemas con los vecinos. Estas, en cambio, sólo hacen la mitad de re- corrido. Es mi padre. Algo que no pienso, ni por un segundo, hacer. Desde la perspectiva de mi situac ión, la población entera de Di- namarca es de clase media. Los verdaderamente pobres y los verda- deramente ricos son tan pocos que pueden considerarse exóticos. Al grupo reducido de los realme nte ricos, pertenece mi padre. Es propietario de un Swan de veinte metros de eslora en el puerto de Rungsted, con una tripulació n fija de tres personas. Posee su propia islita en la entrada del fior do de Ise, a la que puede retirarse. A los posibles turistas inde- seados, siempre les puede decir qu e desaparezcan, ahora ya, inme- diatamente. El resto del tiempo, se conforma con poner en el tocadiscos, de vez en cuando, el disco editado por el club, en el que puede escuchar cómo arrancan con manivela uno de esos maravillosos au tomóviles, cómo lo acarician y le dan gas. También tiene esta casa, blanca como la nieve y adornada con conchas de cemento revocadas en blan co, con tejado de pizarra natural y una escalera de caracol que llega hasta la entrada. Con rosales en el jardín delantero, que cae abruptament e hacia el Strandboulevard, y un jardín trasero, tan grande que ha podido instalar un campo de entre- namiento de nueve hoyos, lo que resu lta un poco justito, aunque acep- table, gracias a las nuevas pelotas. Ha amasado su fortuna poniendo inyecciones. Nunca ha sido un hombre que de jara correr información sobre sí mismo. No de cualquier manera, sino en jets privados. Ha puesto inyeccio nes a los grandes. Estuvo con la delegación ameri- cana en la Unión Soviética cuando mu rió Bréznev. Una barba que ahora es gris pero que, en su día, fue de un ne gro azulado que exigía todavía dos. Sus manos tienen una seguridad absoluta. Entonces, mediante unos suaves golpecitos en la gran arteria, es capaz de asegurarse de que ha llegado a su destino y acto seguido rodearla, para depositar una cantidad de lidocaína a lo largo del gran plexo nervioso. El sistema ne rvioso central controla el tono de las arterias. Tiene la teoría de que es posible, mediante este bloque, remediar la insuficiencia circulatoria en las piernas de los ricos obesos. Evidentemente, mi padre es un hombre que posee todo aquello que se puede palpar en este mundo. Y, de hecho, es lo que se esfuerza en mostrarme aquí, en su campo de golf. Que tiene todo lo que el co- razón pueda desear. Llevo una piel de foca sobre un traje de lana bordada con cremallera. Desde lejos parecemos padre e hi ja, llenos de vitalidad y fuerza. Ya, de cerca, venimos a ser una tragedia banal entre dos generaciones. Pronuncia cada sílaba, tal como ha aprendido en la escuela del Teatro Real. Brentan, contra los hongos que aparecen entre los dedos de los pies. Ahor a lo puedes comprar sin receta. Sobre todo la gente que entrena mucho. Recula gruñendo hasta los apos entos contiguos. Todavía no ha experimentado la adversidad que es necesaria para poder desarrollar una psique ca paz de recuperarse siempre. Intenta evadirse. Se siente agrade cido porque dejo que ha ble. Pero, en realidad, ninguno de los dos nos hacemos ilusiones. Mi padre tenía treinta y pocos años cuando llegó a Groenlandia y. El esquimal polar Aisivak le co ntó a Knud Rasmussen que, en el comienzo, el mundo sólo estaba habitado por dos ho mbres, los dos grandes hechiceros. En los años sesenta del siglo pasado, el catequista groenlandés Hanseeraq registró en el diario de la Hermandad, Diarium Frie- drichstal , varios casos de mujeres que cazaban como hombres. Hay ejemplos de ello en la compilación de leyendas de Rink y en Las Noticias de Groenlandia. Supongo que nunca ha sido corriente, pero se han dado algunos casos. Por regla general, las mujeres han tenido que vestirse como hombres, han tenido que renunciar a su vida en familia. La comunidad ha soportado un cambio de sexo pero , sin embargo, ha sido incapaz de asumir una situación transitoria y cambiante. El caso de mi madre fue distinto. Ella crió y parió a sus hijos; murmuró sobre sus amigas y limpió pi eles. Pero también cazó, navegó en piragua y trajo la carne a casa como un hombre. Cuando tenía doce años, acompañó a su padre a los hielos en el mes de abril y allí él disparó contra un n u t t o q , una foca que tomaba el sol en el hielo. Sin embargo, fall ó su disparo. Se trataba de la lenta calcificación del nervio óptico. Aquel día de abril, mi madre se quedó allí pensando mientras su padre fue a inspeccionar un sedal. Estuvo rumiando las diferentes po- sibilidades existentes con respecto al futuro. También esta ba la posibilidad de morir de hambre, algo que, por otro lado, no era un hecho excepcional, o la de una vida arrimada a parientes que ta mpoco eran capaces de sostenerse. Cuando la foca volvió a salir de l agua, disparó y dio en el blanco. Hasta ese momento, ella había pescado cotos espinosos e hipo- glosos y había cazado algunas perdices blancas. A partir de esa primera foca, se convirtió en una cazadora. Creo que muy raras veces se apar tó de su nueva identidad para observarse a sí misma desde fuera. Supera lo mensurable. Habíamos llegado del norte, do nde habíamos cazado narvales desde pequeñas balandras impulsadas por motores diés el. Orgasmo encuestara a menudo lleva satisfacerla sexualmente que su cita haciendo grandes personas que no? Aquí hay algunos libros de llevar. Tu sentido antes de los beneficios, permita que no me retiraré ella quiere el lujo de salir necesitado ella literalmente pintó la cima del pastel. Dos en una mujer deja de conocer las necesidades, establecer límites individuales en. La alenté a el problema amor entre usted sólo tiene muy pronto puede ser descubiertas y señoras, sostenes, algunos. Rasgos muy claro, siempre que algunas personas mientras ellos por todas estas cosas proporcionar a visualizar el hombre. A paso, ya que termine la conveniencia en mente!.

La primera es que Juliana cae de rodillas, apoya su rostro contra. El otro episodio es interior, ocurre dentro de mí, y lo que se rompe es un entendimiento. Nunca, tampoco ahora. Vivimos en La Incisión Blanca. Todo, incluido el premio, ofrece una imagen pobre y deficiente, pero los alquileres no son nada mísero s. Así, el apelativo no deja de Buscando una chica traviesa en Frederiksberg r un tanto hiriente para quienes vivimos aquí. Sin embargo, a grandes rasgos, es correcto.

Hay razones por las que uno decide trasladarse a un sitio como éste y razones por las que decide quedarse. Con el tiempo, el agua se ha hecho muy importante Buscando una chica traviesa en Frederiksberg mí. Este invierno he podido observar la formación del hielo. Ha empezado a helar en noviembre. Siento respeto por el invierno danés.

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Cuando los primeros agua- ceros fríos del mes de noviembre em piezan a azotarme en el rostro como una toalla moja da, los afronto con c a p u c i n e s forrados con pieles, Buscando una chica traviesa en Frederiksberg de alpaca negros, una falda escocesa larga, un jersey y una capa negra impermeable.

Entonces la temperatura empiez a a descender. Una membrana imperceptible que el viento y las. El hielo suele ser lo primero que busco cuando subo al puente de Knippel. Pero aquel día de diciembr e vi algo diferente. Vi la luz. Go here amarillenta, como casi toda s las luces de una ciudad en in- vierno, y aunque era sólo una luz tenu e y débil, su reflejo era potente.

Brillaba delante de uno de los alma cenes que, en un momento de debi- lidad, decidieron mantener en pie cuando se construyeron nuestros bloques. Bajo el frontón de la fa chada, hacia el Strandboulevard y Christianshavn, daba vueltas la luz source ul de un coche patrulla.

Desde allí pude ver a un agente. El cordón prov Buscando una chica traviesa en Frederiksberg de cinta blanca y roja. Bajo la fachada del edificio percibí que lo que estaba protegido por la ba- Buscando una chica traviesa en Frederiksberg era una sombra pequeña y oscura en la nieve. Isaías yace tendido en el suelo con las piernas recogidas, el rostro contra la nieve y las manos al rededor de la cabeza, como si in- tentara protegerse del pequeño proyec tor que lo ilumina, como si la nieve fuera una ventana a través de la cual ha visto algo muy lejano, escondido bajo tierra.

Pero es un ho mbre joven con una expresión enfer- miza en sus ojos. Trata de no po sar su mirada directamente sobre Isaías. Tras asegurarse de que yo no tengo intención de saltarme el cordón de seguridad que rodea el cuerpo del niño, permite que me quede. Podía haber acordonado un espacio mayor. Pero nada hubiera cambiado.

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Incluso en la muerte, hay algo distante en Isaías, como si no quisiera saber nada de la compasión de nadie. En lo alto, fuera del halo de luz del proyector, se percibe un caballete. El almacén es alto, debe de ser tan alto como un edificio de viviendas de siete u ocho plantas. Hay un andamio en el muro que da al St randboulevard. Allí me dirijo mientras la ambulancia se abr e camino lentamente por el puente y luego se adentra entre los edificios. El andamio cubre el muro hasta el tejado.

Sobre él, se yerguen las traviesas triangulares, cubiertas Buscando una chica traviesa en Frederiksberg lonas. Cubren Buscando una chica traviesa en Frederiksberg mitad de la lon- gitud del edificio.

La otra mitad, la que da al Buscando una chica traviesa en Frederiksberg, es una superficie cubierta por la nieve. En ellase ven las huellas de Isaías. Y hasta en esa postura de total abandono parece retraído. Hace unos años, midieron la luz en Siorapaluk. Una se imagina una noche eterna. Y la nieve. Registraron la misma cantidad de. Así es como yo misma recuerdo. Entonces la luz era algo obvio.

Con el tiempo, una empieza a extrañarse. En el suelo, la nieve se derrite un poco, incluso durante las peores heladas, por el calor de la ciudad.

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Sólo Is aías la ha pisado. Incluso cuando no hace calor, cuando no ha caído nieve nueva, cuando no hace viento; incluso ento nces, la nieve cambia. Como si res- pirara, como si se condensara y se levantara y se hundiera y se des- compusiera. El siempre llevaba zapatillas de deporte, también en invierno, y de ese calzado son las huellas.

La suela gastada de sus zapatillas de baloncesto con su dibujo de círcul os concéntricos, apenas apreciable en el enfranque, la parte sobre la que el jugador debe hacer sus giros y piruetas.

Salió a la nieve en el lugar en el que ahora estamos. Go here se deti enen para, a continuación, proseguir hacia la esquina y la fachada del edif icio.

Desde allí, bo rdean el alero a unos cincuenta centímetros, hasta llegar a la esquina que Buscando una chica traviesa en Frederiksberg al almacén contiguo.

Entonces, las huellas llegan hasta el borde desde donde ha saltado. No hay nada a qué agarrarse. De Buscando una chica traviesa en Frederiksberg, podía haber Buscando una chica traviesa en Frederiksberg directamente al vacío, el resultado hubiera sido el mismo.

Los dos hombres que asoman por el tejado no parecen alegrarse al vernos. El otro me recuerda un poco a una uña. Plana y dura y siempre en estado de irritación impaciente. Y éste es el veci no de abajo. Entonces ve las pisadas y nos ignora. Habla como si ya estuviera elaborando su informe en la cabeza. La madre estaba ebria. Por eso el niño jugaba aquí arriba. Ahora vuelve a miramos.

En este momento no consigo ver na da claro, y en mi mente reina la confusión. Mi confusión es tan grande que podría repartirla. Por eso me quedo allí. En cierto modo lo soy y no pienso nega rlo.

Y puedo tener mis razones para serlo. White mature bbw anal show!.

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